perfiles: Martha Milena Moreno

"La compasión es eso que se va filtrando, esa gótica de agua que se va filtrando por algún poro."

Hola soy Martha Milena Moreno Ríos, Carmelita Misionera.

Soy feliz,  siempre lo he sido, desde pequeña.

 Nací el 28 de marzo de 1989, en Bucaramanga Santander, en un hogar muy hermoso compuesto por, mi papá Manuel Moreno y mi mamá Olga Marina Ríos. Soy la quinta y última hija después de cuatro hermanos, dos mujeres y dos hombres. 

Mi papá trabajaba en la empresa  Ferrocarriles Nacionales de Colombia, era reparador de material rodante y mi mamá desde siempre ha sido ama de casa.
Mis primeros ocho años de infancia los viví en Floridablanca. Liquidan por esa época la empresa  FNC, mi papá aún no tiene edad para jubilarse. Entonces con el dinero de la liquidación, construye una casa, en una finquita que con esfuerzo había comprado tiempo atrás. Y, nos vamos vivir a la finca. 
Continuo mi primaria en la escuela Carlos Gutiérrez Gómez y ayudando a mi papá en las labores del campo. 
Aprendí a querer el campo desde ese entonces, era muy bonito, era tener el contacto con el aire puro, con el agua  del nacimiento; poder subir a los árboles, coger la fruta directamente del árbol, ver nacer los pollitos, echarles la comida, ver nacer los terenitos,ver a mi papá ordeñando las vacas, recoger los huevos, ponerle nombre a los animales, toda esa vida es muy hermosa y muy tranquila.

El gran valor que tiene el campo es que la tierra es bendita, la tierra es sagrada y nunca pasamos hambre. 
Mi papá salia  a vender lo que producía la finca, y de eso vivamos. 
Yo admiro mucho a mi mamá y a mi papá, eran con eso sacrificios y nunca hubo una queja, nunca una desesperación, siempre la confianza en Dios. Ellos siempre nos inculcaron la oración en familia. Servir al prójimo con generosidad, nunca desconfiaron de Dios. Y eso a mí me marco en la fe.
La vida del campo es muy cotidiana, muy sencilla. 

Dios traza caminos para cada persona y, ese era el camino que yo necesitaba, ver el amor verdadero y puro reflejado en la fe de mis padres, esa confianza total en Dios.
Mi papá por sus labores del campo  no podía algunas veces ir a misa,  él me dijo: "ahí está que usted vaya también por mí"; ahora entiendo el concepto del cuerpo moral, que lo que yo haga tiene también valor para la vida de otros, en esa medida debo procurar hacer el bien. 
Siempre quise ser monaguilla, ayudar en la misa, pero el padre no permitía que las mujeres fuesen monaguillas.

Mis Lecturas favoritas eran sobre la vida de los santos.
Recuerdo que  a mi hermana mayor, el capellán del colegio le prestaba libros de la vida de los santos, incluyendo el de Santa Teresita. Yo los leía, me encantaban.
Dice Santa Teresita, que "con pequeñas cosas se pueden conseguir grandes gracias de Dios". A mí eso pensamientos me iban quedando en el alma. Los santos tienen esa cualidad de encender el amor a Dios. Yo decía: tan bonito ser así.
San Juan Bosco, que fue el primer libro de santos que me leí, tuvo un sueño a los nueve años donde se le apareció la virgen,  yo cerraba los ojos y decía : tengo nueve años, la edad justa para que se me aparezca la virgen; era desde niña  ese amor por el  contacto con lo divino.

La finca estaba más o menos a media hora de camino de la iglesia, pero yo pequeña corría mucho y esa media hora me la caminaba en 15 minutos. Eso en mi infancia. En la adolescencia un poco de rebeldía de repente con mi mamá, con mi papá no tanto, porque él era más estricto, una no levanta la voz a un papá tan estricto.

Inicia el bachillerato y con el nace mi amor por el deporte. Cuando nos pidieron que escogieramos un deporte yo dije, quiero un deporte donde gane muchas medallas, y escogí atletismo. Entrenaba lunes, miércoles y viernes,  luego la exigencia del mismo deporte, me obligaba a practicar todos los días; inclusive con mis hermanos iba a entrenar a los alrededores de la finca.

A mí el deporte me hace sentir viva, sentir la sangre circulando, que el corazón me late, eso me hace sentir viva. De alguna manera, aunque sea hoy religiosa, no dejo de practicar mi deporte.


Recuerdo mucho que estando en grado séptimo una profesora nos hizo una pregunta, ¿cuando ustedes mueran, qué quieren que les escriban en su tumba? Y yo dije, quiero que mi tumba diga: Dejo huella. No sé de donde me salió esa respuesta. Solo se que a mi esa pregunta me marcó el destino.
De ahí en adelante empezó para mí el reto y ¿yo como voy a dejar huella? Si no soy la superdotada; si era buena estudiante, pero mis hermanos eran mucho mejores. Tampoco era  la súper deportista, aunque me iba bien, ganaba medallas. ¿yo que se hacer? debe de ser algo grande para dejar huella.¿Como me anclo?, dia a dia me preguntaba.
A mí me gustaba la salud, me encantaba, yo me inclinaba por ese lado, pero era ese querer parecerme a mi hermana mayor que es Médica.
En mi adolescencia, entre a un grupo pastoral, al entrar en la parroquia, me sentía ubicada. Me gustaba estar en el grupo, entonces fue empezar a visitar enfermos, la parte social a mí me atrapaba.
A veces pensamos que los procesos de compasión tienen que ser de un momento para otro, o estar en lo peor para pasar a lo mejor; No realmente no. La compasión es eso que se va filtrando, esa gótica de agua que se va filtrando por algún poro. Dios es hermosamente sutil, el nunca obliga. Él propone, él incita y eso me paso a mí. Fue empezar a mirar que yo no era un ser humano extraordinario como para cambiar el mundo, y que esa huella  que iba a dejar, seria una huella que partiría desde lo escondido.

Pese a que me gusta bailar y cantar, nunca fui de fiestas.Mis momentos más felices, eran ir al parque a leer sola, a que me cayera el agua de la fuente en la cara. 
Hay un lugar en Bucaramanga, que se llama la puerta del sol, allí hay una fuente, me iba a la fuente a leer y a que me cayera el agua. 

Tenía  además la costumbre de caminar desde donde me tocara,un poco para ahorrar dinero, pero sobre todo para estar conmigo a solas.
Siempre fui muy independiente yo iba al médico sola, ya desde los quince años hacía mis diligencias personales sola. Y si, tenía amigas y amigos, pero mi vida era el campo, el deporte, ir a estudiar, leer. Novios nuca tuve, si había un chico que me gustaba, y conversábamos, pero solo para decir es lindo, me gusta compartir con él, solo hasta ahí. Más adelante estando en el convento tuve un poquito como esa oportunidad de enamorarme y de poner en juego mi convicción.

Todo empezó con ese deseo de querer santa y pensaba por aquel entonces, que la santidad es un estado de perfección constante. En septiembre del 2005 dije, quiero ser religiosa, nadie me lo propuso, nadie me dijo nada. Empecé a buscar en el directorio comunidades religiosas, y encontré las Carmelitas, hay incipientemente me acerqué a la casa de las religiosas.

                                                                                                      Y ahí voy de cara a mis sueños.
Me gradué en el colegio como técnico auxiliar contable. Mi papá siempre nos dijo que estudiaramos, que eso era lo más importante, pero que si queríamos ir a la universidad, tendría que ser una universidad pública. Yo tenía 17 años  y tenía que escoger mi carrera. Ya venía explorando mi vocación hacia un buen rato y me había acercado a las Carmelitas. Llegue a la comunidad y me gustaba que no se dedicaban a una sola actividad y que estaban en lugares muy pobres, entregando la vida. Ahí  mi relación con Dios iba creciendo.
Es difícil explicar, realmente a mí me cuesta mucho explicar esa parte, esa fuerza que yo sentía,esa presencia de Dios. Estar en oración me llenaba, ir a la eucaristía, yo iba todos los días por gusto. Sentir que Dios estaba ahí. 
Después Santa Teresa lo expresa como "el mírate con el que te mira".Es como estar cara a cara con Dios. Alguien dirá que tontería, que idealismo. Ese ratito para mi, era toda la fuerza que necesitaba para todo el día. Me sentía abrazada por esa presencia, inmersa en ella, como si yo fuera chiquitica y hubiera alrededor de mí algo más grande.Salía feliz, transfigurada, con fuerzas para estudiar, para hacer las pasantias del Sena,  Yo vivía para ese momento.

Se presentó una oportunidad, un encuentro de aspirantes en la comunidad, como menor de edad tenía que tener el aval de mis padres, yo le conté a mi mamá, ella me dijo, ¿cómo se va a ir antes de cumplir los 18 años de la casa? A ella la idea no le gustó mucho.

Una noche íbamos mi papá y yo para la casa, caminábamos por carretera destapada, naturalmente a oscuras; él iba con el pretal colgado sobre la espalda,  yo caminaba cerca suyo. Tenía que decirlo, para mi era importante. Le dije: papá a mi me gustaría entrar a la comunidad de las religiosas, ¿usted me daría el permiso? y él me dijo: ¿eso por cuanto tiempo es? papá para toda la vida-respondí. Él no dijo nada más. Caminamos en silencio hasta llegar a la casa.

En la casa cuando mi papá llega, siempre se le da una "totumada" de agua con un trozo de panela. Él tomaba su agua y  yo estaba chiquitica pensando ¡Ay Dios, donde me diga que no! Espere a que  terminara el agua y volví a decirle, ¿papá usted me daría permiso de entrar a la comunidad? Él me miró y dijo: hija yo a ustedes nunca les he dicho lo que tiene que escoger en la vida, si eso la hace feliz yo la apoyo. Para mí fue uno de los momentos más felices de mi vida. Sabía que eso implicaba la separación de mi familia.

                                            Monasterio de Bucaramanga, Madres Carmelitas Descalzas.
En el 2007 ingresé a la comunidad. Me enviaron luego al corregimiento de San Cristóbal, en Medellín. Ahora si era inminente mi separación con mi mamá y mi papá. Yo en Bucaramanga era solo aspirante,  los visitaba constantemente. 
Cuando me anunciaron mi traslado quería que  mis papás vineran a acompañarme en ese momento tan importante, pero ellos no tenían los medios económicos para viajar; como yo estaba haciendo pasantias del Sena, ahorraba todo lo que me ganaba y con ese dinero pude  traer a mi papá y mi mamá. 
Para mí fue muy significativo que ellos me hubieran venido a traer. Cuando ellos me dieron  la bendición y se fueron, dije: Señor para toda la vida, si este es mi camino, que sea para toda la vida.


Ellos se van y ya fue el aterrizaje !sola,con mi sueño!

Cuando yo me puse la falda del postulantado que es  de color beige, era una alegría interior tan bonita. No faltará quien diga que tan infantil, pero yo era feliz. Ese primer amor, me ha sostenido en los momentos de tomar decisiones trascendentes dentro de mi carrera.
Directamente de Bucaramanga llegue acá a San Cristóbal, fue una separación dura, un lento aprendizaje, yo no sabía cocinar; rompía todo, vasos, platos, macetas, dañe un computador. Las hermanas fueron muy pacientes conmigo, eso si lo agradezco.
Además empecé a descubrir mis falencias y mis vacíos afectivos, descubrí mis inseguridades mis miedos, quedarse en carne viva eso duele.

Tenía la idea que la santidad era ser perfecta y me dolía cada detalle, cada equivocación. Ese ser tan  perfeccionista y aquí descubrí que la vida no es tan cuadrada,que la vida tiene muchas formas, no es blanca o negra, tiene muchos matices, la vida  incluso no tiene forma.
Empecé a darme cuenta que  mi motivación para entrar no era tan pura, acá en la comunidad lo principal es la fraternidad y yo con mi genio cada rato la embarro. Era una lucha interior.  
No me daba permiso de equivocarme, para mí todo tenía que estar perfecto. Mis formadoras no me juzgaban, no me recriminaban, cuando hacia un daño me decían: es una objeto y se repone, para la próxima vez pones más cuidado. Yo era muy dura conmigo y el amor desarma toda esa dureza.
Antes yo no me permitía llorar, y me molestaba mostrarme débil ante el otro y aquí lloré . Fue empezar a sacar todo eso, sanarme.


Tres años después de haber ingresado, ya había hecho mis votos, cuando ya le había dicho al señor: si me quiero comprometer contigo, quiero ser casta para siempre; aparece un joven, con el que trabajamos pastoralmente y me empieza a cortejar. Me gustaba, esos gestos, esos detalles, alguna vez me regaló rosas, así, cosas así. Me abrazaba y yo sentía algo diferente. Lo veía y no sé qué me daba. Como yo soy deportista y salíamos a montar la bicicleta  con algunas hermanas,Y él nos acompañaba y era querer compartir con él, sentirme bien con él, se me hacía importante verlo.
Pero tenía que decidir, era una lucha, me sentía bien con él, pero no era mi proyecto de vida y eso tenía que quedar muy claro. Entonces mis orientadoras me decían: usted tiene que mirar bien que es lo que realmente la hace feliz, trate de distanciarse un poquito para ver si ese sentimiento sigue. Igual cuando entras a una comunidad religiosa y haces votos de castidad, no quiere decir que te arranquen el corazón.

Hasta que entendí que era solo un apego y un apego no puede definir tu vida. Luego pudimos hablar y quedamos de amigos. Todo eso pasó porque somos seres humanos, vivimos la cotidianidad, las luchas normales y es aprender a mirar más allá de las emociones. Fue como decir me siento feliz acá, a pesar de mis debilidades, yo quiero entregarme y si mi vida sirve de algo para el bien de la gente estoy dispuesta.

                                                                      amanecer a orillas del río Magdalena
Luego del noviciado me envían tres meses a la orilla del río Magdalena, y yo fui pobre y crecí en el campo, pero el agua era pura, en tanto que allí el agua se toma del río. Era el calor, el desespero, los mosquitos, y todo lo hacía en su nombre (en el nombre de Jesús). 
Luego vienen las pruebas, me mandan una escuelita y a mí no me gusta la docencia. Por fortuna había sido buena estudiante y me acordaba de los fraccionarios, fue pura gracia de Dios que me fuera bien.
He aprendido lo básico, me envían al colegio el Carmelo, estaba estudiando la teología y llegó un momento que le dije a la superiora: que pena yo no sirvo para esto, yo me regreso a mi casa, yo no sirvo para ser maestra. No sé qué resistencia tengo con la docencia. Quise renunciar, pero me proponen ir a una misión al Chocó.

Para mi Chocó, salvó mi vocación, fue empezar de cero, fue llegar a una cultura totalmente desconocida para mí, una cultura de violencia, corrupción, una pobreza extrema, una cosmovisión totalmente diferente a lo que yo conocía. Fue duro darnos a conocer.

Allá la educación realmente es muy mala. Reunimos grupos pequeños de niños, estudiamos con ellos, hacíamos trabajo individual. La catequesis, la infancia misionera, Era poner a volar la creatividad con pocos recursos.

Llegamos con un proyecto de desarrollo integral para las personas. Fue empezar a conocer las familias. visitarlas, ayudarles en sus necesidades básicas. Pude comprobar que es cierto que no hay más alegría que servir. Que es más grande dar que recibir. Ver las sonrisas de gratitud, eso es muy lindo, allá la gente es sencilla, quiere de verdad.

La salud estaba ahí, como ese sueño escondido.
Hay un ancianato en Tadó (Chocó) y yo colaboraba algunos día allí; ver la soledad de los abuelitos, esa indiferencia de los hijos que no les importa que su mamá este enferma, que su papá este tirado en un cuchitril sucio, no les importa que se arrastre, que estén rodeados de moscas y ellos jugándose el dinero en un Bingo, !son  tan indolentes!
Yo era feliz en el ancianato acompañando los abuelitos, haciéndoles masajes, cuidándolos. 
En Chocó llueve mucho y hace mucho calor, Yo terminaba el día como escurrida, !pero feliz! Hay tanto por hacer en ese lugar!, me acostaba feliz de haber dado, de haber compartido un poco. 
Y me preguntaba, ¿si yo toda la vida tuviera que vivir en un campamento misionero, viviría tan feliz como estoy hoy o prefiero otra cosa? ¿y si me mandan a un lugar más deprimido, estoy dispuesta a ir? ¿Si me pone toda la vida a ver de cara la necesidad ,estoy dispuesta? 

A los seis meses de estar en misión, me preguntan acerca de mi decisión de retirarme. Mi superiora me dice: debe tomar una decisión y vivir con ella los otros seis meses del año. Y yo tomé mi decisión: permanecer, pero no se lo dije a nadie. Lo más bonito cuando tu tomas una decisión de vida, es que aunque no lo verbalices eso se  nota al instante. !Te invade una paz!

Hacía muchos años tenía decidido que mi tiempo sería para otros, para el servicio. 
Seguí estudiando teología, digamos que pase esa primera etapa de la crisis, de saber si quería seguir o no. Y bueno contarlo aquí es fácil, pero fueron ríos de lágrimas, de decir, no sé qué hacer, de no dormir, de perder el apetito, bajar de peso, de comer mucho por la ansiedad, de decir: ¿que hago Señor, qué quieres de mí?

                                                                                        Foto, Archivo Carmelitas Misioneras
Estar en el Chocó, es mirar la necesidad, la soledad, los niños que allá los tratan muy feo y aprenderse los nombres y sacarles una sonrisa. Todo ese dolor familiar y un poquito que una pueda aportar a esa alegría para ellos, llena el alma.
Regrese con la decisión de quedarme, e inicie la preparación para tomar los votos perpetuos. Ese año fue duro porque tuve algunas  diferencias con una hermana de la comunidad; yo decía Señor si es tuyo que pase. No había la empatía entre ella y yo y recordaba entonces cuando yo era dura como hacía sentir al otro. Ella me enseñó a pulir mi carácter.

Yo acababa de pasar un punto de quiebre y entendí cuál era mi vocación a mí me gusta ayudar, cuidar.
Aparece la oportunidad de entrar a la Universidad de Antioquia a estudiar Enfermería. 
Presente el examen de admisión, y el día que salieron los resultados, a las cinco de la mañana me fui a orar. luego miro la lista de admitidos una y otra vez, eran las 9 de la mañana cuando la publicaron. Veo mi nombre allí, lancé un grito que se escuchó en toda al casa, !estaba feliz! 
Luego me fui a la capilla a llorar y me arrodille frente al santísimo y dije: Señor ahí estas tu, siempre presente, siempre guiándome.

Estoy feliz. Me veo como enfermera, pero me veo como misionera enfermera.
El ambiente en la universidad  es competitivo y retador, pero yo tengo mi identidad y otras cosas en las que creo firmemente, y no se las estoy imponiendo nadie.
Al principio naturalmente la novedad de una religiosa en la universidad y bueno los compañeros me dicen cosas como por ejemplo: ¿y a que se dedican mujeres solas allá encerradas? 
Esa adaptación al entorno  es un poco complicada,  ahora que estoy más madura, me ayudo mucho. Soy muy consciente de quién soy, mi identidad ya no cambia, soy una religiosa.

Ahora tengo claro qué huella quiero dejar. Huella de servicio, de entrega, tengo muy claro para donde voy. Y si llego a la ancianidad, poder decir, he vivido para servir.

                                                     "Señor tu sabes que yo quiero ser enfermera y estar cerca al paciente"
Este es el resultado de mi palabreo con la carmelita misionera Martha Milena Moreno, en el convento de las carmelitas, corregimiento de San Cristóbal, Gracias por abrirme las puertas de tu recinto sagrado.
Con amor: Elena

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