PERFILES :Kharen Ramos Loaiza

A bordo de mi misma.

"Y he elegido bonito y feo, me han rodeado magias y esperanzas, he seguido intuiciones y llegado a lugares de texturas y sazón, a jardines secretos y calles tranquilas."


                                                                                               Fotografía: Juan David Escobar
Por: Kharen
Llegó a mi lista de libros por leer, gracias a una recomendación disimulada en "Cobro de sangre" del escritor Mario Mendoza, se refería a él como lectura iniciática y necesaria, entonces en una ida al "Hamaquero" buscando libros lo encontré y se vino con nosotros..

Se quedó varios meses olvidado entre la biblioteca hasta estos días quietos pero llenos de revoluciones intensísimas adentro. Días en que ha sido necesario no remover los músculos, hablar poco, sentir mucho y con mañita; de pronto miro la pila de libros y ahí está "Cuatro años a bordo de mi mismo" por Eduardo Zalamea Borda.

Empiezo a leerlo y me encuentro con unas descripciones sinestésicas que te regalan un sabor de boca al intentar explicar el color del mar, te abriga cuando habla de una mirada afelpada y así, las palabras van llenando el espacio de ese aire seco y arenoso de La Guajira, del deseo de indias, de bailes calientes y tamboras templadas..

Me encuentro lugares preciosos narrados en las palabras, unas indias tan bellas "que había que ver de lejos porque luego solo existían sus ojos, sus miradas absolutas", una península explotada por las multinacionales (como ahora), unos indios tratados como perros (idem) una Cartagena que ya en ese entonces no era más que muralla, ron y putas.

El estilo literario se me hizo misteriosamente similar al de Mario Mendoza, un modo de filar las letras muy bonito para Zalamea Borda en 1932, pero un poquito forzado ahora en el 2012; igual la añoranza por la tierra Guajira, parecidas las descripciones, idéntico el grado de pacatería de ambos (de leve a moderado).

En algunos momentos me agotaron las caracterizaciones, hay escenas de quince personajes que con cinco hubieran bastado, todos los cachacos eran poéticos y nostálgicos como el protagonista, todos los negros tenían un alma bella, sonriente y escandalosa; los indios eran ladinos y ambiciosos, los costeños dejados y bebedores, pero sobretodo, cada mujer que se encontraba era (como en los cuentos de hadas) más hermosa, más firme, más embriagadora que la anterior.

                                                                                                                    Fotografía: Juan Escobar
Encuentro también un personaje casi adolescente (17 años) con todas las ganas de comerse el mundo, esos deseos que algún día nos alientan a empezar el viaje sin seguridades ni calles conocidas, acaso solo a bordo de nosotros mismos, querer ser ahora los protagonistas de las muertes, los amores, las huidas, los besos y el sexo, ser los que se tiran a la aventura (por la ventana o a un corazón).

Reconozco ese impulso como propio, el mismo que me saco tan pelada del infierno chiquito que era mi casa, la conciencia de ser dueña y culpable de lo que me pasara en la vida, las ganas de elegir. Y he elegido bonito y feo, me han rodeado magias y esperanzas, he seguido intuiciones y llegado a lugares de texturas y sazón, a jardines secretos y calles tranquilas.

Me he tirado de cabeza sin acertarle a la ponchera y entonces cometo errores que luego pago con palideces, temblores y palpitaciones que mi corazón de león siente no poder aguantar. Errores cercanos en los días, que me enseñan que si se puede estar más sin aliento, más debilucha y triste, seguir con la mirada enamorada y la sonrisa pequeña pero suficiente, renovadora.

La casa de la que salí, mi familia: es un manicomio; y si mi útero (el calientico y estable) ya estaba despelotado, salir de ahí fue convertirme en la mujer bala, como una pelota de cauchera vi pasar el mundo a toda, con las tentaciones, las ricuras, los oscuritos, la soledad, la calle y mi novatez. La ingenuidad absurda y terca.

Han pasado tantas cosas en estos 7 años que si intento recordar los camarotes compartidos, la hora de llegada, los regaños, los cumpleaños, el cuarto de atrás, el perro que no tuve, las trenzas apretadas, las rutinas, las pensiones, los juegos, la comida de "la mamá", todo lo veo muy lejos.

"Yo vi en todo este tiempo, que fue largo y extenso, que fue múltiple y uniforme, incógnito y tangible; mire el sol de todos los días y todas las noches lleve la contabilidad de las estrellas; bese con los ojos llenos de brasas y de noche. Y reí y llore y mis lágrimas me supieron a hieles y a azucares mis risas"

Y bueno. Han pasado más cosas, llegaron nuevas personas, se soñó un poco, se tropezó un tanto más.

En estos años de aprender a veces y hacerme la loca casi siempre, sigo borrando dolores, defendiendo mis inocencias, resguardándome para que nada me robe lo poquito bonito que soy y que tengo, contando mis cristales, reflejando lucecitas para estar mejor armada en el amor y la trifulca.

Inventando un corazón que cada día quiere soñar un vuelo diferente (pero que cansada estoy, pero que bajita, que maleta desvencijada, que muñeco de trapo, que avioncito roto, que eficacia para las palabras tristes y amputadas, que talento inútil!)

Igual me paro a seguir haciendo locuras, a ser protagonista en el temblor: la que jala, la que va y vuelve y huye, se enamora, se arriesga, se asegura, se pierde, tirita, cancela, se arrepiente, salta, besa, llora, se para, se obsesiona, olvida, y va y viene, otra vez y otra vez.

Luego se aquieta.

Se aquieta en la rutina suave de los desayunos susurrados, la carretera en la noche, los buenos días tibios, los frijoles de los viernes y los gatos los domingos.

Sigue una caminando a la espera del próximo llanto o la próxima esperanza, el vuelo que viene (por la ventana o a un corazón).

                                Y así, sigue viviendo. A bordo de su barquito.

                                                      Fotografía: Juan David Escobar


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