Medellín, junio de 1957.
Esta es una historia de vida y de nostalgia, ambientada en una ciudad, que en 1957, despertaba entre el aroma del café y el hollín de las locomotoras. Ester. Un nombre que suena a fuerza y a resistencia, acorde con una mujer que decide cargar un baúl de hojalata y buscar un destino distinto al que la pobreza y la ausencia de su padre le impusieron. La luz de la luna apenas lograba filtrarse por las persianas de madera de la casona, en un barrio encumbrado de la ciudad. Dentro, Ester, de apenas veinte años, no escuchaba el canto de los grillos, sino el latido acelerado de su propio corazón. Frente a ella, su posesión más preciada esperaba en silencio: un baúl de madera forrado en hojalata, cuyos remaches brillaban bajo la penumbra. Ese baúl no era solo un objeto; era su vida entera compactada. Allí, bajo la tapa pesada, yacían tres vestidos sencillos, ropa interior, una Biblia —que nunca leía—, un par de zapatos de tacón bajo para los domingos y, escondido entre las sábanas, un cu...